
Ni un millón ni una quería recordar, pues sería inundación de neurastenia. Recorrería su cuerpo como ese aceite en la tostada. Sería capaz de enumerar del primero al último de sus gestos, miradas o cualquier cosa que tuviera relación con ella.
Esos pasos a su lado no los olvidara, pues nunca fue tan feliz. Despertares tiernos acompañados de pan y cola cao, dulces domingos de sol, de todo un año en los que no se escribe una nube. El verde jardín fue testigo de un desbordar de sentimientos acompañados de sensualidad. El tiempo pasaba lentamente en el reloj de la cocina, casi no podía apreciarse el movimiento del segundero. Pero este se acabó sin mas, llegaron las nubes y tanta ternura se perdió en gran mar de indiferencia, cuando quiso darse cuenta, comprendió lo tardío del asunto, y no hubo marcha atrás.
El invierno llegaría en breve después de un otoño caluroso, últimos coletazos de verano, el frío congelaría su lado más dulce, para dejar paso al calculador. Ya no le fue necesario pedir perdón, pues tampoco tuvo a quien, abandonado a una suerte incierta, quiso olvidar.
Aun, en insomnios, deseaba estar con ella. Incluso después de reprochados asuntos de los cuales no se sentía especialmente orgulloso, acallando su conciencia en otros. Refugiado en sábanas prestadas, amanecía no muy temprano, a penas teniendo tiempo de definir prioridades, que ya no discernía.
Evaporado el amor ya no le quedó otra que seguir con su vida donde la dejó, ¿pero cuando y/o donde la dejó?, ¿y si no la tuvo?.
Esos pasos a su lado no los olvidara, pues nunca fue tan feliz. Despertares tiernos acompañados de pan y cola cao, dulces domingos de sol, de todo un año en los que no se escribe una nube. El verde jardín fue testigo de un desbordar de sentimientos acompañados de sensualidad. El tiempo pasaba lentamente en el reloj de la cocina, casi no podía apreciarse el movimiento del segundero. Pero este se acabó sin mas, llegaron las nubes y tanta ternura se perdió en gran mar de indiferencia, cuando quiso darse cuenta, comprendió lo tardío del asunto, y no hubo marcha atrás.
El invierno llegaría en breve después de un otoño caluroso, últimos coletazos de verano, el frío congelaría su lado más dulce, para dejar paso al calculador. Ya no le fue necesario pedir perdón, pues tampoco tuvo a quien, abandonado a una suerte incierta, quiso olvidar.
Aun, en insomnios, deseaba estar con ella. Incluso después de reprochados asuntos de los cuales no se sentía especialmente orgulloso, acallando su conciencia en otros. Refugiado en sábanas prestadas, amanecía no muy temprano, a penas teniendo tiempo de definir prioridades, que ya no discernía.
Evaporado el amor ya no le quedó otra que seguir con su vida donde la dejó, ¿pero cuando y/o donde la dejó?, ¿y si no la tuvo?.
1 comentarios:
Si nunca has sido tan feliz y aun deseas estar a su lado, porque no coges al toro por los cuernos?
Publicar un comentario en la entrada