De repente sintió una rabia sin mesura. Por ese anónimo riguroso parecido al luto negro. Consiguió darse cuenta que todo era efímero, que su amor se lo daba por cachos: cuarto y mitad de dulzura, medio de fidelidad, y las tripas limpias. Y es que su sentimiento no estaba de saldo, ni podría tener oferta de navidad, pero en ese mercado basto, pretendía encontrar consuelo al desasosiego de una soledad propiciada por el rencor, los celos, y una pizca de egoísmo. A el no le iban ya a engañar, las buenas formas se perdieron, y es que el cariño no era fresco.
¿Qué hizo mal ese templado?, ¿como pudo espantarlo?. Por que, después de gritar, no pretenda que sigan los pájaros a su lado, ya no quieren comer mas en sus manos, y mucho menos entrar en su jaula de oro, cantares de ellos no escuchará jamás... Pero mejor no llorar, si no los cuidó.
Aunque añoraba su ternura, conseguía deshacerse de sus fantasmas cuando recordaba que su amor no era ya incondicional.